Ahí a quién fue

Y al yacer sólo quedarán nuestros nombres: esencias de quiénes fuimos un tiempo aquí, de quiénes aportamos nuestro granito de arena al mundo para que fuera un poco mejor. Y en el averno, Caronte grabará nuestros nombres en la pizarra de la muerte, seremos sellados al tiempo como inmortales. Seremos un alma dispersa entre los ríos que van a parar al mar, cuya majestuosidad albergará lo innombrable: lo intangible.

 

Podremos hacer dos cosas, pues Caronte es corrupto y acepta sobornos. Cierto es que nuestros nombres están en su lista inquebrantable, que en el último sollozo que exhalamos toma presencia la testarudez del barquero; pero hay dos caminos para elegir el material que nos hará inmortales. Podemos ignorar a Caronte, sumergirnos en la mediocridad y ser “normales”; no asumir su venidera visita y mirar hacia lo tangible, lo que nos corrompe. De ser así, él escribirá nuestros nombres con hierro en la pared, y sólo podrán ser avistados de cerca.

 

Pero si decidimos demostrarle al Sellador que nuestra vida ha sido enriquecedora, plena en aventuras y virtudes para los demás; él grabará nuestros nombres con oro que brille a kilómetros, y los visitantes podrán decir desde la lejanía “A quien fue una persona, ahí brilla un valiente: ahí deslumbra la plenitud”.



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